Estoy convencido de que cada vez que hablo de mi sentimiento animalista, mi interlocutor me convierte en una caricatura. Y ante su mueca de estupor, casi tengo que palparme la cabeza para comprobar que no me han crecido repentinamente antenas de alienígena venusiano. Y es que la idea del animalismo es un concepto tan misterioso , desconocido y ajeno para la mayoría de la gente, que prejuicios y distorsiones de todo tipo se vierten sobre quien confiesa tal desorden mental. Creo, pues, necesario clarificar en la medida de lo posible en qué consiste mi idea de la defensa animal, si bien reconozco mostrarme bastante escéptico sobre el éxito de este intento: hoy en día apenas pesan los razonamientos ;en lo que cabe calificar como un puro acto de fe, son las opiniones mayoritarias, por el mero hecho de serlo, las que apisonan todo esfuerzo argumentativo proveniente de un grupo minoritario; da igual cuántos datos, estudios o estadísticas se ofrezcan, la gente prefiere refugiarse en la seguridad del “si todos lo hacen, por algo será”, abdicando así de algo tan básico como la autonomía del juicio. En fin, ellos se lo pierden…
Lo primero que hay que precisar sobre mi animalismo es que no se trata de subvertir los valores; no pretendo degradar al ser humano y encumbrar a los búhos a las universidades, a los leones a los ayuntamientos ni a las raposas a los consejos de administración de empresas, como quieren hacer ver quienes desean desacreditarnos haciendo de nuestros ideales un ridículo esperpento . El animalismo es un movimiento de adición (así como una adicción, como lo suelen ser las causas de índole ética…); todos los animales, y no sólo nuestra especie junto con aquéllas a las que hemos convertido arbitrariamente en amigos privilegiados , tienen derecho a una dignidad que les ha sido arrebatada. Por ello, aspiramos a devolver a los miles de millones de animales rebajados a objetos de consumo la condición que les es propia: las gallinas, en lugar de malvivir hacinadas, inmóviles en hediondos pabellones , deberían desarrollar sus capacidades de relación (son animales sociables)y de movimiento ; en suma , deberían experimentar la vida. Y lo mismo es aplicable a los cerdos, vacas, pavos, visones y muchas otras especies. Si retomamos la aristotélica división tripartita de la vida en nutritiva (vegetal), sensitiva (animal) e intelectiva (humana), es de justicia procurar que todos los animales disfruten de la vida sensitiva que les corresponde, en lugar de la nutritiva (fábricas de engorde) a la que se ven confinados.
Pero esto no es sino el nivel más embrionario del animalismo; es necesario profundizar bastante más.
Mi decidida militancia descansa sobre tres pilares que considero fundamentales e irrefutables.
-Uno: afirmar de forma categórica la capacidad de todo animal (excluyendo acaso a los espongiarios y similares, catalogados como “parazoos”) de experimentar sensaciones de muy diversa índole, en función de las características y del grado de complejidad de cada especie. En cualquier caso, todos los animales en sentido pleno compartimos la posesión de un sistema nervioso que nos informa sobre la naturaleza del mundo y nos provee de sublimes instrumentos para desenvolvernos en él. Claro que el animalismo presta especial atención a las sensaciones de dolor y de placer, por cierto,cualidades particularmente desarrolladas en la mayoría de las especies que consumimos. No son precisamente los anélidos o cnidarios los que forman parte de nuestra dieta carnívora, sino mamíferos, peces, y aves, todos ellos dotados de una rica y compleja sensibilidad , quienes conforman el grueso de la carne consumida por los humanos.
Y es esta sensibilidad la que lleva a los animales a tener intereses (me refiero a intereses activos, no los meramente pasivos, como los nutritivos propios del reino vegetal), deseos, preferencias, que les impele a establecer toda una red de relaciones con sus congéneres y con su mundo circundante. Sospecho que quienes sean ajenos al animalismo se sentirán algo incómodos al leer esto –como bien observó Darwin: “no nos gusta considerar como iguales a quienes hemos hecho nuestros esclavos”- , ya que preferirían pensar en los animales no humanos como simples máquinas biológicas, movidas por impulsos mecánicos y desprovistos de nada semejante a una mente. Si así fuera, no habrían de sentir el menor remordimiento cada vez que hincaran el tenedor en el tierno cuerpo muerto que yace en sus platos. El autoengaño suele servir de magnífica coartada para así satisfacer nuestros propósitos egoístas. Afortunadamente, los progresos en fisiología, neurología y etología han proporcionado pruebas lo bastante contundentes como para desmontar toda pretensión neocartesiana.
-Dos: abrir los ojos ante lo que propiamente puede calificarse de monumental y contumaz holocausto animal, especialmente cuando, a partir del comienzo del SXX, en un proceso inmerso en la revolución tecnológica moderna, se dio paso a la producción industrial de carne, una eficiente maquinaria de convertir el cereal en proteína animal.(Véase, por ejemplo, la detallada exposición de tal proceso en “The Omnivore´s dilemma”, de Michael Pollan) Aquí cobra especial sentido la sentencia de Schopenhauer: “El hombre ha hecho de la Tierra un infierno para los animales”. Las cifras de la matanza son mareantes: Jean Baptiste Jeangène Vilmer, en su reciente libro “Èthique animale” ofrece una cantidad de cincuenta y tres mil millones de animales (53.000.000.000) consumidos anualmente por ese Juggernaut en que se ha convertido nuestra especie (¡homo esophagus colossus!) Se ha calculado que sólo en España se liquidan 1.850.000 pollos ¡al día! Y recordemos una vez más que detrás de cada unidad se halla un individuo dotado de complejas emociones , sentimientos e intereses. Recomiendo encarecidamente la lectura del maravilloso libro “the pig who sang to the moon” , de Jeffrey Moussaieff Masson -desgraciadamente no traducido al español; esa temática no parece interesar…-, donde podemos sorprendernos de la rica vida emocional de esas especies percibidas por la gente como mero alimento.
Pero los dos argumentos ya expuestos no bastan para rematar la causa animalista. Es necesario el tercer pilar
-Tres: Pero ¿y si no tenemos más remedio que consumir alimentos de origen animal? En este caso el edificio argumental animalista se derrumbaría sin remedio, pues nuestra supervivencia se antepondría a cualquier actitud de compasión hacia nuestras potenciales víctimas, de la misma manera que el león -la leona, propiamente; son ellas quienes cazan- no puede permitirse el lujo de compadecerse de un ñu… Por decirlo de forma sencilla, todo “deber” ha de estar supeditado a un “poder”; la ética se pliega humildemente ante la perentoria necesidad. De modo que hay que preguntarse seriamente si el consumo de animales nos es necesario. Y aquí parece que procede presentar toda una batería de datos y estudios que demuestren que, efectivamente, nuestra especie en absoluto requiere de alimentos de origen animal para sobrevivir. En realidad, me limitaré a recomendar la visita a los numerosos sitios en internet dedicados al tema de la nutrición vegana, entre otros:
www.vegansociety.com/food/nutrition
www.veganhealth.org/sh
www.pcrm.org/health/veginfo/index.html (¡médicos!)
www.nomilk.com (expone lo que no se dice sobre los lácteos)
www.vegfamily.com (familias veganas, nutrición infantil, etc)
www.eatright.org/cps/rde/xchg/ada/hs.xsl/nutrition_5105_ENU_HTML.htm (obtenido de la ADA Asociación de Dietistas Americanos, por si se sospecha de la objetividad de las webs anteriores)
Unas cuantas en español:
www.vegetarianismo.net/nutricion
Unión Vegetariana Internacional
www.wikivegan.org/index.php5?title=Pirámide_de_nutrición_vegana
o, por supuesto, la información dedicada a la nutrición en mi apreciado foro:
www.forovegetariano.org/foro/index.php
En fin, la cantidad de información es apabullante. Creo que hace falta ser todo un fanático de la dieta carnívora como para negar que la alimentación vegana resulta plenamente satisfactoria para el ser humano. Y en último término, acudiendo a un recurso empírico básico, no hay más que observar a quienes practicamos el veganismo y decidir si se nos ve famélicos, demacrados macilentos y enfermizos. Todos los estudios estadísticos realizados tanto sobre calidad como esperanza de vida arrojan resultados favorables hacia las dietas vegetarianas.(estudios actuales, claro está. Los caóticos experimentos veganos adoptados por ciertas comunidades hippies en los años 60-70 no pueden contar, habida cuenta de su suicida falta de variedad y nula planificación) Creo que más bien han de ser los carnívoros habituales quienes deben preocuparse por la inquietante lista de enfermedades asociadas a la ingesta de proteínas animales, desde las de tipo cardiovascular hasta diversos tipos de cáncer, pasando por las alergias, diabetes, y otros muchos males que sería prolijo enumerar aquí.
La conclusión que debe extraerse de este tercer punto me parece estremecedora: el consumo de carne no se debe a razones de necesidad, sino simplemente a la suma del placer y la costumbre. Nada más. Es terrible pensar que nuestra sociedad está dispuesta a sacrificar una innumerable cantidad de vidas, a montar descomunales pabellones de rápido engorde y exterminación de seres inocentes para dar satisfacción a nuestras sibaríticas papilas gustativas. “Un país, una civilización se puede juzgar por el modo en que trata a los animales” escribió Gandhi; pues sospecho que salimos bastante malparados de este juicio. Claro que no ha lugar a tal juicio, cuando el crimen se mantiene oculto; y esto es lo que nuestra sociedad, por medio de los poderes públicos, del sistema educativo, de la inestimable colaboración de los medios de comunicación, se afana en lograr, con notable eficiencia, por cierto. “Ojos que no ven, corazón que no siente” Y ciertamente es poca la gente que conoce las cloacas de la producción carnívora…y mucha menos la que está dispuesta a enfrentarse a sus propios demonios. Mejor mirar hacia otro lado, que uno corre el riesgo de aborrecer de lo que averigüe, y de verse forzado a cambiar…
Recapitulando, mi base argumental para declararme animalista descansa sobre la siguiente posición: soy consciente de las capacidades sensitivas de los animales, de las dimensiones de la explotación de que son objeto, y de que su consumo es hoy en día (en el 1er Mundo, al menos) completamente superfluo. En consecuencia, la renuncia a dicho consumo constituye para mí un deber ético elemental
Y con esto me basta; creo innecesario e incluso contraproducente enredarse en discusiones fútiles que a nada conducen. Y conste que mi veganismo no me convierte en un santurrón, un iluminado, ni me confiere una presunción de superioridad sobre los demás ( venablos que suelen arrojarnos quienes se muestran molestos ante nuestra postura; no dejan de ser burdos ataques ad hominem , arteras maniobras de diversión , muestras de impotencia ante nuestro sólido edificio argumental) Tampoco considero que el veganismo suponga una renuncia o sacrificio extraordinario, puesto que la amplia variedad y cantidad de ingredientes y recetas a nuestra disposición nos permite disfrutar plenamente de este tipo de dieta; tan sólo hay que estar dispuesto a experimentar y a dejar seducirse por un nuevo y fascinante abanico de productos. El paladar humano resulta ser extremadamente maleable , adaptable, de modo que en cuanto ciertos sabores quedan apartados, otros vienen a ocupar su lugar sin mayores trastornos. Una vez superados los recelos iniciales a probar este nuevo universo de texturas y sabores (de los que el multiusos seitán, las hamburguesas vegetales, los helados sin leche, los nuggets de “pollo”, los patés vegetales, los diversos “quesos” vegetales www.buteisland.com , los palitos de “pescado” no son sino unos pocos ejemplos de una larga lista de muy logrados sustitutivos de sus cruentas contrapartidas), uno puede prepararse a gozar plenamente de un estilo gastronómico saludable y satisfactorio.
No he olvidado que toda la exposición anterior se ha centrado en el ámbito alimentario, cuando el animalismo vegano trasciende con mucho este aspecto y lucha por desterrar todo empleo de animales en la vestimenta, en el entretenimiento y en la experimentación (vivisección). Sé que el no cubrir estos frentes, que tanto sufrimiento y muertes inútiles producen, amputa todo discurso animalista coherente. Supongo que en posteriores entradas tendré oportunidad de abordarlos detenidamente
Por último me interesa precisar que el animalismo no está motivado por el amor que sus partidarios sientan por los animales, sino por una simple cuestión de justicia hacia ellos. Al igual que hay cantidad de personas no animalistas que dicen amar a los animales (algo que por otra parte suena oximorónico: si los aman, no debieran consumirlos por placer) también es posible, aunque no frecuente, que a un animalista no le gusten ni se sienta atraído por ellos. A modo de comparación, pensemos en alguien a quien no le gustan los niños; es más, quizás hasta le resulten molestos y agobiantes, lo que no obsta para que , por pura justicia, haga todo lo posible por evitar todo maltrato y explotación hacia ellos. ¿No es este caso perfectamente aplicable a nuestros sentimientos hacia los animales? Indudablemente, lo es.
En consecuencia, el animalismo ha de relacionarse con la ética y no con la simpatía o antipatía que los animales susciten en nosotros. Y hay que felicitarse de que cada vez más Facultades de filosofía hayan abierto departamentos dedicados a la ética animal, lo que constituye un esperanzador signo de que, al igual que otras causas éticas fueron antaño minoritarias y hoy son ampliamente aceptadas, nuestra especie vaya abriendo progresivamente su círculo de compasión y sentido de la justicia, hasta llegar a aplicarlos hasta sus últimos confines. Claro que uno no es tan inocente como para hacerse ilusiones de que vaya a vivir tal situación; el camino es largo y tortuoso, y es necesario un enorme cambio en la mentalidad colectiva para que el sueño llegue a cristalizar. En todo caso, me conformo con ver firmemente plantadas las semillas de la Liberación Animal y en contribuir modestamente a su factibilidad.
No creo en la reencarnación; sólo disponemos de una vida , preciada e irrepetible. Y por eso me uno a la idea de Nietzsche cuando, ante la ausencia de toda deidad, exhortaba a cada ser humano a hacer de nuestra fugaz existencia una obra maestra. Y el animalismo no deja de ser una llamada a tratar de erradicar las tendencias tanáticas presentes en nuestra naturaleza y apostar por un ser humano libre de sufrimiento y de crueldad